MAGALLANES JARA, San Cristóbal

Posted in Blog on octubre 23, 2015 by

MAGALLANES JARA, San Cristóbal

(Totatiche, 1869 – Colotlán, 1927)

 

Sacerdote, Mártir

El P. Cristóbal Magallanes encabeza la lista de los santos mártires mexicanos canonizados por S.S. Juan Pablo II el 21 de mayo del 2000. Murió fusilado en Colotlán de Jalisco el 25 de mayo de 1927 a los 58 años.

Cristóbal Magallanes Jara nació en un rancho de Totatiche, Jalisco, el 30 de julio de 1869. Antes de ser sacerdote había sido pastor y labrador. Entró en el Seminario de Guadalajara en 1888, a los 19 años de edad.

“Un sacerdote conforme al corazón de Dios”

 

“Un sacerdote conforme al corazón de Dios”, así calificó el jalisciense San Miguel de la Mora a Cristobal Magallanes Jara, sacerdote y mártir. Tras su ordenación sacerdotal fue destinado a trabajar como capellán de la Escuela de Artes y Oficios de Guadalajara. Lo mandaron luego a Totatiche como vicario coadjutor y posteriormente como párroco durante veintidós años, hasta el día de su martirio.

 

Se convirtió en padre del pueblo: fundó escuelas, centros de catecismo para niños y adultos, un periódico local, formó comunidades cristianas entre los indígenas huicholes de Azqueltán, cooperativas agrarias con terrenos adquiridos que dedicó a los peones sin tierra; fomentó la agricultura mediante la construcción de presas de regadío, canales de agua, distribución de abonos y de semillas de maíz. Estableció talleres de carpintería y zapatería, así como una planta de energía eléctrica para el suministro de luz y energía para los molinos.

 

Finalmente fundó una cooperativa de consumo, un sindicato interprofesional y llegó a promover las semanas sociales regionales, siguiendo las indicaciones de la Rerum Novarum de León XIII. En el campo cultural, dotó a la amplia parroquia de Totatiche de escuelas, de un orfanato y de una biblioteca; organizó en el pueblo todo un abanico de actividades culturales para promover la vida de la gente: teatro, bandas de música, etc.

 

Edificó numerosas capillas-escuela en los ranchos más lejanos. Cristóbal Magallanes continuaba así en aquellas regiones de México la tradición viva de los antiguos misioneros como Don Vasco de Quiroga, fundador de los “pueblos hospitales” de Michoacán. Fue un párroco, misionero andariego entre el disperso rebaño que el Señor le había encomendado en numerosas rancherías.

 

 

Párroco y formador de sacerdotes en Totatiche

Cuando el gobierno masónico clausuró todos los seminarios diocesanos en 1914, el dinámico párroco de Totatiche recogió a los seminaristas dispersos y fundó un nuevo seminario en junio de 1915. Lo dedicó a Santa María de Guadalupe, la Madre de México. Allí lo encontró el 21 de noviembre de 1916 el arzobispo de Guadalajara Don Francisco Orozco y Jiménez, tras uno de sus largos y penosos destierros. El pequeño cenáculo de seminaristas eran 12, como los apóstoles. El arzobispo le envió dos colaboradores para formarles: al P. José Garibi Rivera, quien sería el primer cardenal de México y futuro sucesor del arzobispo Orozco y Jiménez, y al P. José de Jesús Angulo.

 

Pero será el señor cura Cristóbal Magallanes quien cuide y se preocupe de la vida de aquel cenáculo apostólico. El gobierno no lo podía tolerar y por ello en seguida fue clausurado nuevamente. En aquel año de 1915, las medidas persecutorias contra la Iglesia en Jalisco fueron particularmente violentas, pero el P. Cristóbal no cesó por ello en su empeño. Decidió abrir el seminario bajo otro nombre. No obstante, en 1917 se desató de nuevo la persecución.

 

Los seminaristas tuvieron que esconderse en las casas particulares. Abrió entonces una casa en los arrabales del pueblo, casi un tendejón, sin apariencia alguna de ser un seminario en la forma tradicional, y ello para defenderlo de la persecución. Lo llamó “Familia Silvestre” o “El Silvestre”. Los cinco primeros frutos de aquel seminario fueron ordenados entre 1923 y 1926. “Madre Santísima, dijo el padre Cristóbal predicando en la primera misa de uno de ellos, el padre Salvador Casas, tú me has concedido ya muchas satisfacciones; acuérdate que soy pecador y no tengo méritos para el cielo; mándame ya el sufrimiento, amarguras, tribulaciones y aún el martirio”. La Virgen escucharía su ofrecimiento y su petición.

 

El P. Cristóbal cuidó de aquel seminario hasta la vigilia de su muerte, la cual al perecer veía cerca, por lo que ocho meses antes de su martirio escribió su testamento y lo distribuyó impreso a sus fieles. Empieza así: “Guardad íntegra e inmaculada la Fe Católica, Apostólica y Romana evitando con cuidado toda ocasión o peligro de perderla (…) Perdonad a vuestro enemigos y a todos los que os quieran mal, y no fomentéis odios ni rencores en el pueblo. Rezad con fervor y constancia (…) dedicaos diariamente al trabajo (…) respetad a las autoridades públicas.”[3] . El testamento parece un eco de las cartas de San Pablo a su discípulo Timoteo desde la cárcel romana, poco antes de su martirio.

 

Totatiche: las razones de un pueblo en vilo

Totatiche aparece frecuentemente en la historia de la persecución y en la historia de la Cristiada. Muchos en el pueblo se habían unido al movimiento de los cristeros, cansados de ver pisoteada la libertad religiosa y hollados todos los derechos. El dolor llegó a la gente al verse privada de la celebración de la santa Misa. Con el apagón de la lámpara que ardía ante el Sagrario vacío, la gente empezaba a experimentar el viernes santo de la pasión y el silencio tumbal del sábado santo. El P. Cristóbal quiso oponerse, como lo hacían otros muchos sacerdotes, a que la gente se levantase en armas. Fundaba su gesto en el ejemplo de Cristo mismo, de los apóstoles y de los mártires. Mucha gente de aquel pueblo sencillo no entendía razones. Y estaban en su derecho de defenderlo por todos los medios lícitos, como el mismo Pío XI y los obispos reconocían por aquel entonces. Además, la federación y el gobierno tampoco entendían razones.

 

El P. Magallanes se vio obligado a esconderse, a escapar, pues si la federación lo agarraba lo habrían pasado por las armas. Tales eran las órdenes del gobierno contra todos los sacerdotes que se negaban a dejar los pueblos y concentrarse en las ciudades o que continuaban ejerciendo su ministerio clandestinamente. Él se daba cuenta del riesgo que corría. Lo escribía a un seminarista suyo, Margarito Ortega: “Mi vida, desde hace cuatro meses ha sido andar por cerros y barrancas, huyendo de la persecución gratuita de nuestros enemigos y de los rebeldes entre quienes júzgale gobierno que andamos, nomás porque nos ha tocado vivir en la región de los alzados; sin embargo miles y miles de habitantes de estos pueblos que nos conocen desde hace muchos años, saben que somos inocentes y nos calumnian infamemente”.

 

El martirio

Al final lo encontraron. Las tropas federales del general Francisco Goñi, lo detuvieron a las once de la mañana del 21 de mayo de 1927, cuando iba a celebrar la Eucaristía al rancho lejano de Santa Rita. Iba montado en un macho, casi como un campesino, un ranchero o un arriero, cuando topó con la tropa. Lo pararon los soldados y le preguntaron quién era. Contestó simplemente: “Soy Cristóbal Magallanes, párroco de Totatiche”. Lo obligaron a bajarse del mulo. Le amarraron los brazos y se lo llevaron como a un criminal a la cárcel de Totatiche, a donde llegaron a la una de la tarde. La gente de Totatiche hizo lo imposible para librarlo: lloró, suplicó, ofreció todo lo que tenía para lograrlo. Pero la federación cerró su corazón, que quizá ya había perdido, su razón y su sentido común. Agarraron también entonces a su compañero de ministerio y maestro en aquel pequeño seminario clandestino, el padre Agustín Caloca. El 23 de mayo se los llevaron a los dos presos a Momax, Zacatecas, y el 24 los arrastraron a Colotlán, en Jalisco.

 

Los encerraron en la presidencia municipal. Y allí, sin juicio alguno, sin mediar acusación o disculpa alguna, como era la praxis ya ordenada por el gobierno, ante varias personas civiles y militares, el teniente coronel Marcelino Mendoza Coronado y el coronel Enrique Medina ordenaron la muerte de ambos sacerdotes. Los colocaron junto a un paredón para fusilarles. El P. Cristóbal preguntó quiénes lo iban a fusilar y le presentaron a tres soldados, a uno le regaló unas monedas, a otro su reloj y al tercero su rosario. El P. Cristóbal se hincó y le pidió a su antiguo discípulo que le absolviese. Luego se levantó y dijo al pelotón de ejecución: “Soy y muero inocente, perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos”.

 

El P. Caloca no podía evitar la emoción y la angustia del momento. El ya probado y maduro sacerdote padre Cristóbal lo envolvió con una mirada paternal y segura y le dijo: “Tranquilízate, padre, Dios necesita mártires; un momento y estaremos en el cielo”. A lo que el joven discípulo respondió mirando a sus ejecutores: “Nosotros por Dios vivimos y en El morimos”. Les dispararon a bocajarro y cayeron los dos juntos mezclando su sangre de mártires. Era el mediodía del 25 de mayo de 1927.

 

El cínico atestado de sus muertes redactado por los verdugos quedó plasmado en el Registro Civil de Colotlán, Jalisco, que al referirse al P. Cristóbal así dice: “Falleció de lesiones causadas por armas de fuego y sin asistencia médica el sacerdote Cristóbal Magallanes, originario y vecino de Totatiche; se mandó inhumar el cadáver (…) en el panteón de Guadalupe”. Allí de hecho fue sepultado. Los vecinos empaparon algodones en la sangre de los mártires que corrieron por doquier como reliquias preciosas de los testigos de Cristo, como había sucedido con los primeros mártires del cristianismo.

 

En 1977, el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Don José Salazar, recordaba el martirio de los dos sacerdotes con estas palabras: “En el ejercicio de su ministerio sacerdotal fueron aprehendidos y se les sacrificó solamente por ser sacerdotes. Nuestra oración pide humildemente al Señor que sean glorificados en la Iglesia de Jesucristo quienes dieron con gozo la prueba suprema del amor. Dígnate elevar a tus siervos Cristóbal y Agustín al honor de los altares”. Y lo fueron juntos: con su canonización el 23 de mayo del 2000 en San Pedro de Roma. Las reliquias del P. Cristóbal Magallanes se veneran en el templo parroquial de Totatiche donde él había sido como “el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas” (cfr. Jn 10).

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